Artículo: Cuando la enfermedad mental está 'fuera de lugar', publicado en El Mundo Salud el 01/10/12
http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/10/01/neurociencia/1349110012.html
martes, 30 de octubre de 2012
miércoles, 10 de octubre de 2012
El Poder y La Comunicación en las Relaciones de Pareja
Un importante aspecto que puede darnos la clave de porqué los procesos comunicacionales tiene tanta importancia parece encontrase en la manera en que la comunicación afecta a la dinámica y el manejo del poder dentro de las interacciones.
El poder en una relación matrimonial se refiere a la
capacidad de uno de los individuos para influir y provocar pensamientos,
emociones y acciones en su pareja (Fitzpatrick, 1988) y por supuesto esta
dinámica ocurre en todo momento en las interacciones interpersonales en general
y es un asunto de todos los días en las relaciones maritales en que se
evidencia el lazo entre la comunicación y el uso del poder (Scudder y Andrews,
1995).
Es claro que hay muchos factores involucrados en la
balanza de poder dentro de una relación matrimonial, desde algo tan concreto
como el dinero (O´Conner, 1991) hasta algo tan abstracto como la ideología de
género (Kingsburry y Scanzoni, 1989). De acuerdo con Feld y Urman-Klein (1993),
esta probado que la percepción de desbalance en el poder marital es uno de los
conflictos principales de los matrimonios.
Y la tendencia a la creación de relaciones igualitarias
demanda de los miembros una mayor comunicación para que las decisiones sean
tomadas con una influencia mutua dentro del matrimonio (Richmond, McCroskey y
Roach, 1997). Richmond et al (1997) describen en su reseña medios develados por
investigaciones con lo que los miembros de una pareja intentan balancear el
poder de una manera más útil y satisfactoria para ambos. Hablan de desarrollo
de síntomas psiquiátricos o agresión física y/o verbal como ejemplos de las
maneras en que el miembro menos poderoso en algún aspecto de la relación
balancea el poder a su favor. Citan en su trabajo a investigadores que
concluyen que las parejas deben buscar una distribución más igualitaria del
poder debido a la relación que encuentran con la satisfacción marital cuando
esto sucede.
Nos parece que orientar la conclusión hacia la búsqueda
de relaciones igualitarias porque algunos estudios reporten mayor satisfacción
marital puede ser caer en el error de suponer que todas las parejas en todos
los tiempos serían más felices en sus relaciones si tuvieran una distribución
más igualitaria de poder. Creemos más adecuado decir que para las
construcciones sociales de matrimonio que prevalecen en nuestra cultura
occidental hoy en día es que estas premisas son ciertas.
De cualquier
manera lo relevante para nuestro propósito es subrayar la interacción entre el
poder y la comunicación. Y como podemos ver, los diferentes estudios realizados
nos muestran ideas que tienden a sostener el hecho de que la comunicación
parece ser un proceso mediador en las relaciones de poder.
Una clasificación de los tipos de interacción de
acuerdo con el uso del poder no muy nueva pero utilizada y citada por varios de
los investigadores mencionados es la de French y Raven (1968) que fue en
realidad concebida para el uso de la psicología industrial u organizacional.
Richmond et al (1997) la utilizan para relacionarla con
una clasificación de estilos de toma de decisiones creada por Richmond y
McCroskey (1979) tampoco muy reciente y también usada por la psicología
organizacional. Los resultados son congruentes e interesantes y ofrecen un
modelo que relaciona el poder con la comunicación de manera clara.
Exponemos a continuación las dos clasificaciones
comentando aquellos aspectos relevantes en conexión con algunas de las otras
investigaciones mencionadas en este apartado.
Existen cinco diferentes tipos de poder en la propuesta
de French y Raven que dependen principalmente de la manera en que las personas
se ven unas a otras dentro de una relación. Nótese que existe concordancia en
este aspecto de la manera en que uno de los miembros ve al otro con aquellas explicaciones
ya mencionadas sobre los procesos de adaptación en que las escaladas positivas
o negativas entre los cónyuges están en relación con la interpretación que uno
tiene de los actos del otro. Aquí se vuelve a tocar este elemento del
significado de la acción del otro pero en un nivel más específico relativo a la
construcción que la pareja hace del poder.
Los cinco tipos de poder son coercitivo, de recompensa,
legítimo, referente y de experto.
El coercitivo es el poder derivado de la percepción de
uno de los miembros de la pareja de que el otro miembro puede castigarlo si no
se acomoda a sus deseos o influencia.
El de recompensa deriva de la percepción de que ante la
conformidad de la influencia o deseo del otro habrá una recompensa.
El legítimo deriva de la idea que tiene un miembro de
la pareja sobre el deber que tiene de obedecer o conformarse a la voluntad del
otro en virtud de los derechos que el otro dentro de la relación.
El de referencia existe en virtud del afecto o
admiración que hay hacia la pareja, entre más afecto haya más se tiende a la
conformación al deseo del admirado.
Y por último, el
de experto que deriva de la idea que tiene uno de los miembros sobre la
capacidad, experiencia o conocimiento del otro respecto de cierto tema lo que
le hace conformarse a sus indicaciones.
Por otro lado, la tradicional clasificación de Richmond y McCroskey (1979) sobre los estilos de comunicación en toma de decisiones aplicada a la relación de pareja por Richmond et al (1997) se conforma de las siguientes categorías: decir, vender, consultar y unir.
Por otro lado, la tradicional clasificación de Richmond y McCroskey (1979) sobre los estilos de comunicación en toma de decisiones aplicada a la relación de pareja por Richmond et al (1997) se conforma de las siguientes categorías: decir, vender, consultar y unir.
La categoría de “decir” es aquel tipo de interacción en
que la toma de decisiones es realizada por uno de los miembros y simplemente le
dice al otro qué decisión ha tomado. Vender, es el estilo usado cuando uno de
los miembros de la pareja toma la decisión por sí solo pero en lugar de sólo
informarle a su compañero, le trata de persuadir de que es la mejor decisión,
le vende la idea.
Consultar es el estilo en el que el miembro que toma
las decisiones no lo hace sin antes consultar y ponderar las ideas y
sugerencias de su pareja, aunque sigue teniendo la última palabra. Unir,
acontece cuando no es uno de los miembros el que toma la decisión sino que la
autoridad de la misma se comparte o incluso delega al otro miembro.
Existe una relación bastante aparente entre las
circunstancias de aparición de poder y los estilos de comunicación en la toma
de decisiones mostrados.
Esto se hace más claro si se nota que los mencionados
estilos son en realidad puntos enfatizados dentro de un continuo que va del
autoritarismo de quien ostenta algún tipo de poder para tomar decisiones al
consenso de los involucrados para toma de decisión.
Evidentemente un extremo representa modelos de relación
más tradicionalistas mientras que el otro tiende a representar las relaciones
con interacciones y atribuciones de poder más igualitarias. Así mismo, en el
primer extremo se trata de una interacción en la que la comunicación es
prácticamente unilateral y no existe más que la preocupación y vela de los
intereses del poderoso y el otro extremo se refiere a las interacciones en que
los intereses de los dos miembros son considerados y la comunicación es
interactiva y de dos vías.
Los resultados encontrados por Richmond y colaboradores
(1997) indican que en esta época y bajo las circunstancias sociales que
prevalecen en relación con el matrimonio la satisfacción marital reportada por
cada miembro de un matrimonio se relaciona de manera directa con un estilo de
comunicación y de toma de decisiones en que ambos miembros sean considerados y
se relaciona también directamente con la existencia de un poder de referencia,
esto es, una posición de poder derivada del afecto o admiración de la pareja
por su compañero o compañera, sin distinciones de género.
El manejo de un poder coercitivo o de recompensa (a
través de premios condicionados) fue inversa y negativamente asociado con la
satisfacción marital de las parejas estudiadas.
Parece muy válido decir que los estilos y habilidades
de comunicación son el centro de muchos esfuerzos de investigadores y
terapeutas para prever y manejar la conflictiva matrimonial (Fowers, 1998),
porque la comunicación y las habilidades que los integrantes de una pareja
tengan para manejarla son el regulador del poder dentro de las interacciones y
el conducto necesario para organizar las acciones individuales y conjuntas
relativas a resolver los deseos, necesidades y expectativas –que hemos vista
que suelen además estar en tensión- de uno y otro miembro. Por supuesto se
agrega a esta idea el hecho de que, en nuestra opinión, las necesidades
emocionales de compañía o intimidad de un ser humano parecen lógicamente pasar
por actividades de comunicación y lenguaje.
Fowers (1998) define dos aspectos de conexión entre la
comunicación y el matrimonio.
Primero que los sentimientos se desarrollan y mantienen
por la comunicación de la pareja creando la sensación de intimidad.
Y segundo que la comunicación es la herramienta
efectiva para lidiar con las dificultades inevitables de una vida en común.
La comunicación es considerada como el medio más
importante para la felicidad en el matrimonio. Así pues, las habilidades en la
comunicación efectivamente encuentran un justificado lugar en el trabajo e
investigación de la vida marital.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Los Roles en la Relación de Pareja
¿Qué es lo
que hace que una relación de pareja sea satisfactoria para cada miembro que la
compone? Esta es una de esas preguntas para las que no existe una respuesta
perfecta. Cada pareja, igual que cada individuo, es diferente, y el modo en que
viven la relación depende de las particularidades de cada caso.
Lo que es
evidente es que todas las personas
desempeñamos, en nuestras relaciones sociales, determinados roles que vamos
asumiendo en función de las experiencias que acumulamos.
La
asunción de un rol como propio puede destruir el vínculo en la pareja. Los
roles deben fluir de modo que se asuman solo cuando sea necesario, facilitando
que ambos miembros de la pareja se sientan con permiso de manifestar sus
necesidades.
Cuando uno
siente que no puede representar cierto papel, que no tiene derecho a manifestar
ciertos sentimientos, asume un rol de forma rígida. Las personas, a partir de
las experiencias que los han transformado en quienes son, pueden asumir un rol
determinado durante un periodo de tiempo, porque las necesidades de la pareja
sean perentorias. Pero anclarse en ese rol, interpretar el papel de “fuerte”,
de “débil”, etc., durante mucho tiempo, impide el crecimiento del vínculo y
también el crecimiento de ambos miembros de la pareja, que dejan de ser ellos
mismos para convertirse en protector y protegido, en fuerte y débil.
Permanentemente
nos encontramos con retos que nos exigen un alto grado de compromiso y un
desgaste emocional muy costoso. Es cierto que apoyarse en la pareja resulta
reconfortante y necesario, pero ambos miembros deben tomar conciencia de ellos
mismos y de los roles que asumen para no enquistarse en ellos y para dar
permiso al otro para que cambie de postura, para flexibilizar las etiquetas e
intercambiarlas.
Ese “toma
y daca”, deja crecer el vínculo de forma sana y permite a cada miembro de la
pareja disponer del espacio para ser creativos, para sí mismo y para el vínculo
que están construyendo activamente.
Para que
el vínculo de la pareja se mantenga sano, sólido y feliz, es necesario permitir
al otro ser quién es, quien necesita ser y, por qué no, quien sueña ser.
Y, en ese
vuelo libre, cuando somos conscientes de nosotros mismos, elegimos regresar al
espacio compartido, el que creamos juntos, porque también encontramos sentido
al camino que estamos recorriendo.
Es
inevitable asumir roles en la pareja en determinados momentos; a veces porque
necesitamos asumirlos y otras veces porque comprendemos que es necesario
ejercerlos. ¿Cómo hacer para no transformarnos en el rol que asumimos?
La clave
está en el diálogo permanente, en la petición al otro, en la observación de las
necesidades: las propias, las de la pareja y las del vínculo que nos une.
La rigidez
en los roles impide el diálogo profundo sobre las necesidades de todos.
Por
ejemplo, al asumir el rol de “protector”, estoy dando por sentado lo que tú
necesitas y no hace falta preguntarte; por supuesto, además, tú sabes que, como
te protejo, no me hace falta nada, así que tú tampoco preguntas.
Pero, ¿qué
ocurre con el vínculo en este caso? Si fijamos los roles de forma rígida, el
vínculo emocional es el que queda abandonado. Y una planta tan delicada
necesita agua casi a diario. Es resistente en muchos casos, y tarda mucho en
morir, pero sin duda sus flores se marchitan con facilidad, si solo existo yo o
si solo existes tú. Construir un espacio donde los tres podamos desarrollarnos
es el reto de estar en pareja, el verdadero desafío de construir una vida
juntos.
Construir
un vínculo de intimidad con tu pareja implica abandonar muchos de los preceptos
individualistas para entrar a formar parte de una ecuación ilógica en la que la
suma de dos individuos tiene como resultado tres.
No se
trata de renunciar al individuo que eres, sino de compartir lo que eres y lo
que deseas ser. Se trata de aprender a pedir sin exigir, a abrazar sin
asfixiar, a estar dispuesto a renunciar con la esperanza de que me elijas cada
día.
Y esto es
algo muy difícil si primero no he conseguido construirme a mí mismo en un marco
de auto-confianza y autoestima ajustadas. Cuando no tengo la autoestima en
niveles adecuados, no voy a poder confiar en que me elijas, y entonces
pretenderé agarrarte y tenerte a mi lado a toda costa, no dejando que seas
quien quieras ser, y asfixiando el vínculo.
En este
sentido, aferrarse puede suponer la muerte de la pareja, mientras que aprender
a soltar será la primera solución. No se puede entender la existencia de una
pareja sana y creativa, que permite crecer, si uno de los dos aprisiona al otro
con sus propias inseguridades, generando culpa, insatisfacción o incluso ira
dentro de la pareja.
Uno de los
roles más asumidos en una pareja es el rol de “luchador”. Cuando uno asume la
carga, por sí solo, de luchar para que una relación funcione, acaba ocurriendo
que se cansa o se quema, o bien acaba magullado por un gran número de
cicatrices abiertas, cuyo origen no consigue recordar.
Muchas
personas están tan enamoradas de la idea de estar en pareja, de compartir su
vida, que no se plantean si la persona con la que viven esa historia es la que
realmente quieren para sí mismas. Y luchan y pelean por la relación, no
queriéndose dar cuenta del daño que producen en el vínculo.
¿Qué rol
puede asumir el otro miembro de la pareja ante este comportamiento “luchador”?
Lo más común, y como ocurre en todos los
sistemas que se mantienen en el tiempo y que funcionan (aunque sean
disfuncionales), es que se acomode y se acostumbre a que sea el otro el que
empuje por los dos. Pero decíamos que las cosas tienen que fluir porque no se
puede empujar el río contracorriente.
El
resultado de mantenerse en esos dos roles es la insatisfacción de los dos
miembros de la pareja, que van acumulando reproches en silencio hasta que uno
de los dos no pueden aguantar más y lo expresa.
Las formas
de expresión pueden ser diversas y dependen también de cuánto tiempo se hayan
mantenido las posturas y roles rígidos y el impacto que esto haya tenido sobre
la autoestima de cada uno. Desgraciadamente, la falta de diálogo hace que la
expresión emocional de las propias necesidades aparezca como fuera de lugar.
En un caso
extremo, la psicopatología puede ser el resultado que provoque un cambio de
paradigma en la pareja. Ahora los roles son los opuestos: tú que me protegías
necesitas que te proteja, y yo, que era protegido, asumo tu protección. Se
vuelve a una nueva fase de “estabilidad inestable”, en la que el vínculo está
ya herido de muerte.
No
obstante, la relación puede durar años así construida, llenándose de
sentimientos de deuda (”con lo que hizo por mi…”, “me lo debe, por lo mucho que
me esforcé…”), culpa, malestar e ira.
Construir
la relación de forma sana implica, como decía, dejar espacio para los tres, de
modo que todos puedan crecer: los dos individuos y el vínculo que han elegido
construir.
Y la base
para que así sea, será, sin duda, el diálogo. Un diálogo flexible, que de
permiso a sentir toda clase de emociones, que permita el intercambio de roles,
y en la que haya la libertad de pedir lo que necesito sin esperar a que el otro
se de cuenta por sí solo.
Desde que
somos pequeños nos educan en continuas incongruencias que configuran una forma
de establecer vínculos en determinados ámbitos. Tenemos ejemplos de cómo es
estar en pareja a nuestro alrededor que van ofreciéndonos ideas sobre cuáles
son los roles que tendremos que asumir más adelante. Pero también los medios de
comunicación nos influyen notablemente, desde la más tierna infancia,
configurando una imagen de cómo queremos que sean las cosas y, más allá, de
cómo deben ser: perfectas. Y luego esperamos que sean así.
El
problema empieza muy pronto, cuando comenzamos a comprobar que no recibo lo que
necesito por mí mismo y que mi pareja no se da cuenta tampoco.
La idea
“romántica” que presupone que “si me quiere, sabrá lo que necesito“,
está muy extendida. Y es cierto que la mayoría de las personas no observa a los
demás (ni a su pareja), los gestos, el rostro, los ojos…, pero tampoco podemos
pretender que lo adivinen. La única solución es sencilla: pídelo.
Facilita el “darse cuenta”, provoca un cambio para que el vínculo crezca sano.
No se trata de cambiar por ti, sino de conseguir que el vínculo siga
floreciendo.
jueves, 13 de septiembre de 2012
¿ En qué consiste la Mediación Familiar ?
La Mediación Familiar es un
procedimiento estructurado y no invasivo, encaminado a la gestión y resolución
de conflictos que se producen entre dos o más personas, cuando la ruptura total
de las relaciones y la pérdida absoluta de la comunicación no es una opción
viable, pues existen intereses que subsisten. De esta forma, la ruptura de la
pareja no supone la extinción de la familia, sino que el grupo familiar se
reestructura y pasa a regularse por unas nuevas normas acordes a la nueva
situación.
Son características del proceso
de mediación familiar, la apertura de vías de comunicación entre las personas
en conflicto o “tender puentes”. Este procedimiento utiliza herramientas que
provienen de otros ámbitos de la terapia psicológica y puede resultar en sí
mismo terapéutico, pero no es terapia y no va encaminado a la reconciliación de
la pareja.
La Mediación Familiar es un
procedimiento estructurado, pero también es un proceso flexible y se desarrolla
al margen del procedimiento judicial, ya sea como alternativa o ya sea
paralizando el proceso judicial ya iniciado hasta el término de la mediación.
Se trata de un sistema no adversarial, cooperativo, en el que se persigue la
apertura de vías de comunicación suficientes para pacificar el conflicto y
salvaguardar intereses superiores a los propios de las partes participantes,
como son el interés de los hijos y el resto de los familiares implicados en las
relaciones emocionales. Y otros intereses, como la dignidad de cada una de las
partes o la convivencia pacífica y harmoniosa.
El procedimiento de Mediación
Familiar se desarrolla además bajo el principio de la voluntariedad, es decir,
el sometimiento a mediación familiar es exclusivamente voluntad de las partes,
y han de consentir ambas partes.
Además, el mediador o mediadora
ha de mantener de forma casi escrupulosa una equidistancia entre las partes y
con el objeto o circunstancias de la mediación, es decir, ha de ser neutral e
imparcial. Esto quiere decir que el mediador no puede tomar partido por ninguna
de las partes en conflicto, aunque sí que puede y debe equilibrar situaciones
descompensadas, para colocar a ambas partes en una situación equilibrada para
poder negociar y tomar decisiones. Y debe ser neutral, es decir, el asunto que
se somete a mediación no es asunto del mediador, no ha de tener ninguna
relación con el mediador, y éste, no tiene ningún interés en que la mediación
se resuelva en ningún sentido en concreto.
Todos los asuntos así como el
desarrollo, las sesiones, nombres, etc. relacionados con la Mediación Familiar
deben ser consideradas confidenciales, lo que significa que la persona que
media no debe revelar ninguna información que haya obtenido durante el
procedimiento o con ocasión del mismo, a menos que obtenga el consentimiento
expreso de ambas partes o que así lo requiera la legislación nacional. Se
establece la idea de que la persona mediadora no puede
estar obligada a redactar informes en los que se refleje el contenido de las
discusiones llevadas a cabo durante el procedimiento. No obstante, esta
confidencialidad no es absoluta, por un lado, las partes pueden acordar que la
información obtenida durante el proceso pueda ser utilizada en un proceso
judicial posterior.
Es un procedimiento que funciona
muy bien en conflictos por la separación de la pareja, en que el fin de la
pareja no va a suponer el fin de la familia. Pero también se utiliza para
resolver otros conflictos como los que surgen por cambios en la situación
familiar: herencias, cambios de trabajo, conflictos evolutivos con hijos
adolescentes… Es decir, que la Mediación Familiar está especialmente indicada
para gestionar todo tipo de conflictos en que se dé la característica de
“familiar”, relaciones económico-jurídicas en las que además, se dé esta
característica, que las personas relacionadas forman parte de un grupo familiar
en sentido amplio. Ya que el procedimiento de mediación familiar toma en cuenta
y gestiona las emociones y situaciones que nacen de lo familiar, no sólo de lo
económico-jurídico. Por tanto, se puede derivar a Mediación Familiar todo
conflicto que nace de una relación familiar, o algún aspecto del conflicto
sobre el que no hay acuerdo.
Jose Ángel García
Unidad de Medicación Familiar y Resolución de Conflictos de CIPSA
jueves, 23 de agosto de 2012
jueves, 26 de julio de 2012
ALGUNAS PREGUNAS FRECUENTES SOBRE LA TERAPIA DE PAREJA
¿QUÉ ES
LA TERAPIA DE PAREJA?
La terapia
de pareja es un encuadre terapéutico que ayuda a las parejas a entender y resolver
conflictos o a mejorar las relaciones. Proporciona las herramientas
necesarias para potenciar la comunicación y una dinámica relacional
satisfactoria.
¿ES
EFICAZ LA TERAPIA DE PAREJA?
Las
distintas técnicas psicoterapéuticas que empleamos resultan muy eficaces en la
resolución de los problemas más habituales de las parejas: insatisfacción
sexual, celos, infidelidad, problemas sexuales de diferente tipo, conflictos
conyugales diversos, disparidad en la educación de los hijos, aburrimiento,
falta de comunicación, distanciamiento sentimental, etc.
Las
estadísticas indican que la gran mayoría de las parejas que siguen el
tratamiento, alrededor de un 75%, han obtenido una mejora en su
convivencia.
¿CUÁNDO
ACUDIR A TERAPIA DE PAREJA?
Existen
signos más o menos evidentes que pueden ayudarnos a la hora de decidir realizar
una primera consulta. El primer indicio tiene que ver con el malestar de uno o
ambos miembros de la pareja. Y existe una larga lista de posibles detonantes
del malestar que pueden ir desde situaciones de conflicto permanente,
discusiones frecuentes, infidelidades, problemas económicos, dificultades
sexuales, desavenencias con la familia política, problemas de salud,
adicciones, hasta cualquier evento que cambie de alguna forma la dinámica
familiar o de pareja.
La terapia
de pareja fracasa si no hay compromiso por parte de la pareja. No hay que
esperar al último momento para consultar y hay que darle un tiempo a la terapia
para que vaya generando los cambios necesarios. La confianza en el terapeuta es
fundamental, así como mantener una comunicación fluida de todas las dudas que
puedan surgir en el transcurso del tratamiento.
¿CÓMO
FUNCIONA?
La terapia se estructura en sesiones de 45 minutos, conjuntas o individuales.
La terapia se estructura en sesiones de 45 minutos, conjuntas o individuales.
Suele establecerse
una frecuencia semanal, aunque es importante valorar el caso por si es preciso
establecer una mayor frecuencia. A lo largo de las entrevistas la pareja
trabajará sobre aquellos aspectos de su imaginario y de su narrativa que
intervienen en su relación interpersonal.
¿CUÁNTO
DURA LA TERAPIA?
La duración
de cualquier terapia depende del problema que se presente, pero sobre todo de
los pacientes y de su relación con el terapeuta. Va a estar en manos de su
actitud, del cariño que se tengan y de la motivación y confianza que tengan
ambos en la terapia. Es conveniente dar unos meses para que el tratamiento
produzca efectos duraderos en las personas porque los cambios no se producen con
rapidez, aunque desde las primeras entrevistas se observan cambios sustanciales
en la actitud y el estado de ánimo de la pareja.
¿MI
PAREJA NO QUIERE ACUDIR A TERAPIA, PUEDO IR SOLA/O?
A menudo uno de los componentes de la pareja no quiere acudir a terapia. Por ello es habitual que gran parte de las terapias de pareja deriven de una primera consulta individual con el terapeuta. Al mismo tiempo, es bueno saber que en ocasiones una terapia individual puede repercutir positivamente en el buen desarrollo de una relación de pareja.
¿QUÉ AFECTA A LAS RELACIONES DE PAREJA?
La personas
que acuden a terapia buscan básicamente resolver una crisis puntual, solucionar
problemas arrastrados desde hace años, ayuda en momentos difíciles, consejo
para tomar decisiones importantes o simplemente mejorar la relación y crecer
juntos. Problemas de comunicación, infidelidad, celos o falta de deseo
suelen ser los motivos de consulta más frecuentes.
No hay que
olvidar que los cambios afectan mucho a las relaciones de pareja: Nacimiento de
los hijos, jubilación, enfermedades, reincorporación al trabajo, abandono del
trabajo, relaciones con los suegros y la familia de tu pareja, decisiones
importantes, etc
Dr. Carlos San Martín Blanco
Coordinador de CIPSA
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